Me levanto a las 6:00. Me tomo un café rápido mientras repaso mentalmente lo que dejé pendiente ayer. Llego al hospital a las 7:00. Paso por vestuario, me cambio. Reviso el libro de guardia. Nada fuera de lo común: un par de pacientes con fiebre, uno que no durmió bien, otro que se queja del desayuno.
Empiezo con los signos vitales. Tensión, temperatura, frecuencia cardíaca. Casi todos estables. Registro en el sistema. Acompaño a un paciente a hacerse una placa. Me pide que lo espere afuera. Lo hago. Vuelvo. Me piden que prepare medicación. Cargo sueros, controlo dosis, firmo planillas.
Se acerca el médico de sala. Hacemos la recorrida. Él pregunta, yo respondo. Él indica, yo anoto. Nada nuevo. A media mañana, llega una derivación de puerta de emergencia. Paciente estable. Le asignan cama. Lo acomodo, le explico las normas, le tomo los datos, le coloco pulsera.
Almuerzo en 15 minutos. Lo de siempre. Vuelvo. Me toca cubrir a una compañera que se fue antes. Hago doble turno en una sala donde no conozco a nadie. Me preguntan por qué vine ahí. Explico. Me miran, asienten, siguen con lo suyo.
Termina el turno. Entrego guardia. Me cambio. Me voy.
Mañana, lo mismo.
Che, necesito que me ayudes con algo. ¿Podés pasar por casa tipo cuatro? Tengo que entregar unos papeles y no llego. Si no podés hoy, mañana temprano también sirve. Avisame qué te parece, así me organizo.