El amanecer se arrastraba sobre las ruinas como humo. La estación de ferrocarril permanecía en silencio, con los rieles retorcidos por el último bombardeo. Las mujeres formaban una fila irregular, con los ojos hundidos y los uniformes colgando sobre sus huesos. La voz del oficial estadounidense rompió el silencio: «Desvístanse para la inspección». Nadie respiraba. El hielo humeaba de sus bocas. Un botón se rompió, la tela cayó y la vergüenza se elevó más pesada que el aire invernal. El barro se aferraba a los pies descalzos donde antes habían caminado las botas. Las mujeres esperaban la crueldad, la risa, el golpe final. Pero no llegó: solo órdenes silenciosas y una extraña misericordia que parecía incredulidad.
Metal groaned against rust, echoing across the empty lot. A lone figure stood among broken machinery, watching dust devils dance through skeletal frames. The air tasted of copper and forgotten summers.