Mis hermanos amados:
Sé que mi partida dejó un vacío enorme y un dolor profundo en cada uno de ustedes. Desde donde estoy, los llevo siempre en mi corazón, y me duele ver que, en el intento de aliviar la tristeza, a veces buscan refugio en caminos que solo los confunden y los alejan de la vida que merecen vivir.
El dolor necesita ser sentido para poder sanar. Anestesiarlo no lo cura, solo detiene sus pasos y les roba tiempo valioso. Y si algo he aprendido, es que el tiempo es el regalo más preciado que tenemos.
Yo ya no tengo ese regalo, pero ustedes sí. No permitan que la tristeza les robe sus días, su salud ni sus sueños. Tomen toda esa fuerza que nos une como familia y utilícenla para levantarse, para seguir adelante y para apoyarse unos a otros.
Miren a nuestro padre y a toda la familia. Ellos los necesitan presentes, fuertes y unidos. Honren mi memoria cuidando de nuestro viejo, tendiéndole la mano al que lo necesite y valorando cada momento con las personas que aún están a su lado. No esperen a que alguien falte para comprender el valor de un abrazo, de una conversación o de un simple “te quiero”.
Yo estoy en paz. Pero mi mayor deseo es verlos bien a ustedes. Quiero verlos vivir, reír, crecer y seguir construyendo recuerdos juntos. Manténganse unidos por nuestro padre, por nuestra familia y por ustedes mismos.
Elijan siempre la vida, la lucidez, el amor y la esperanza.
Y cuando me extrañen, no miren solo hacia atrás. Mírenme en cada recuerdo bonito, en cada enseñanza compartida y en el amor que siempre nos unirá.
Siempre estaré con ustedes.
Con todo mi amor,
Su hermano,
Leo