En el filo de la madrugada, mi voz surge como río que arrastra hojas secas y perfumes antiguos; se enrosca entre la piedra y el viento, a veces grave como el trueno que anuncia lluvia, a veces suave como un susurro que acaricia la piel del mundo. Cada palabra vibra con un eco interno: alegría que palpita, temor que se curva y se disuelve, sorpresa que se abre como flor en la penumbra, y un hilo de melancolía que se estira y se retrae, buscando el silencio donde todo renace. Respiro, y mi voz se estremece; vibra, se fragmenta, se eleva y se sumerge, tocando el cuerpo, el corazón y el éter, como si cada sonido guardara la memoria de todos mis pasos, de todas mis lágrimas, de todos mis abrazos, y aún así, queda espacio para que lo imposible se pronuncie sin quebrar el instante.
Entre las sombras del atardecer, mis pensamientos danzan como hojas al viento, tejiendo memorias con hilos de luz y nostalgia. Cada suspiro es un puente entre lo vivido y lo soñado, mientras el tiempo se derrama como agua entre mis dedos.