Detente un momento y escúchame: no puedes esperar que alguien te valore si tú no te has valorado primero. Dios no te creó para mendigar cariño ni para conformarte con migajas emocionales. Cuando no conoces tu identidad en Cristo, aceptas cualquier cosa, pero cuando la conoces entiendes que no todo el mundo merece tu corazón. El amor propio no es ego, es obediencia, porque Dios te llamó a amar al prójimo como a ti mismo, y si no te amas, ¿qué vas a entregar? No es que no existan personas correctas, es que primero Dios quiere corregirte a ti; quiere que sanes, que crezcas, que te prepares para reconocer lo que viene de Él y rechazar lo que te roba la paz. Cuando aprendes a amarte en Dios, no suplicas amor… lo escoges, y escoges solo lo que te edifica y te acerca a tu propósito.
Una mujer fuerte no necesita validación externa para brillar. Su poder viene de adentro, de su conexión con Dios y de la certeza de su valor. No mendiga atención, irradia luz propia. Y cuando camina, lo hace con la seguridad de quien conoce su propósito divino.