Aunque mi cuerpo se desgasta y el dolor es constante, no pierdo el ánimo. Cada día que pasa, aunque mi carne se debilita, mi espíritu se fortalece. Las aflicciones que enfrento ahora, por más difíciles que parezcan, son momentáneas y pequeñas en comparación con la gloria que Dios está preparando para mí.
No me aferro a lo que mis ojos pueden ver, porque todo lo que veo es pasajero. En cambio, fijo mi mirada en lo que no se ve, en lo eterno, en la promesa que Dios me ha dado. Porque sé que este sufrimiento no es el final, sino el camino hacia algo mucho mayor: una gloria que jamás se desvanecerá.
Hermanos, cuando las pruebas lleguen como tormentas, recordemos que somos más que vencedores en Cristo, Aunque el mundo nos rechace, Dios nos sostiene. Nuestro sufrimiento temporal se convierte en gloria eterna, porque el Señor nunca nos abandona en la batalla.